Con el devenir de los años la montería española ha ido sufriendo una transformación orientada al comercio y al negocio, causante de la gran demanda por parte de los cazadores por lo atractivo y pasional de esta actividad venatoria. Como consecuencia lo puro y la esencia de la montería se ha ido devaluando, por lo tanto, los que hemos bebido de la fuente dónde saciaban su sed los viejos monteros, tenemos dimes y diretes de cómo se vive la montería en pleno siglo XXI. Siempre que coincidíamos en alguna jornada un puñado de amigos con la filosofía de la antigua escuela montera la conclusión era la misma: tenemos que intentar hacer un grupo con la ética y los valores de la montería tradicional. No ha sido nada fácil pero así ha sido.
Ha nacido Monteros de la Capacha, grupo montero que lleva por bandera la montería tradicional, cazar
en fincas abiertas y dónde la Rehala ocupa un lugar preferente. Arrancamos temporada monteando en el corazón del parque natural El Valle de Alcudia y Sierra Madrona, concretamente la finca de Hatoblanco, paraje típico de aquel valle, una umbría cerrada de monte coronada por una entresierra de riscos enmontados y una rehoya apretada de jarales, lentiscos y madroños; donde aquella umbría acariciaba el adehesado llano se presentaba un sopié salpicado de encinas centenarias sobre una alfombra de jaras. Finca que se llevaba cuidando y sobrealimentando todo el verano.
El grupo montero con Alfonso Pousibet a la cabeza, su inseparable collera, Popi y Juanjo como capitán de montería, montaron el cuartel general en el hotel La Zarza, en Brazatortas, donde todos los monteros fueron citados la tarde del sábado día previo a la jornada de caza, con la intención de juntarse todos por primera vez, echar un buen tardeo y sortear aquella noche para ganar tiempo al otro día. Amaneció ese ansiado día por todos, la ilusión se podía palpar en el ambiente, para la gran mayoría el primer día de montería de la temporada y estreno de este apasionante grupo montero. Las claras del día pintaba una jornada nublada y en la sierra habían caído cincuenta litros de agua por metro cuadrado en el día anterior, un día de montería de esos que es un gustazo pisar la sierra.
Tras una bonita charla y las indicaciones pertinentes por parte de Alfonso y una salve a la morenita patrona de los monteros, las armadas de cierre partían hacia el cazadero sobre las 10 de la mañana, ya que, muchos puestos tenían una importante caminata por la orografía de la mancha que impide llegar con el coche al mismo puesto. A continuación, lo hacían las líneas de puestos que se colocan en las entrañas de la zona a cazar, la mayoría en cortaderos característicos y típicos de este emblemático valle castellanomanchengo.








